¿Por qué algunos chicos se motivan y quieren aprender y otros no?

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Hoy sabemos que lo que importa, más que la inteligencia, es la mentalidad. Frente al fracaso o al desafío, algunos niños se esfuerzan más. Otros, por el contrario, se frustran y abandonan

¿Por qué algunos chicos se motivan más que otros? ¿Qué motiva a un niño a esforzarse en la escuela? ¿Por qué algunas personas perseveran y otras se frustran y abandonan?

¿Nunca te pusiste a pensar que muchas de las cosas que hacen los adultos para “motivar” a los chicos hace que no quieran aprender? Pensemos en las tan dañinas comparaciones: “tu hermano sí entendía todo”. O tal vez en un padre que dice “o aprobás o te quedás todo el fin de semana en casa”. ¿Qué mensaje estamos enviando? Seguramente que lo importante es aprobar, cuando debiera ser aprender. Sí… Muchas de las cosas que hacen los adultos para que los chicos “se motiven” hacen justamente que no quieran aprender.

Antes se pensaba que sin importar cuánto nos esforzáramos, nuestra inteligencia se mantenía inamovible. Hoy sabemos que lo que importa, más que la inteligencia, es la mentalidad. Frente al fracaso o al desafío, algunos niños se esfuerzan más. Otros, por el contrario, se frustran y abandonan. Sin embargo, el éxito no está determinado por talentos innatos o intelectuales, sino que depende de nuestra mentalidad. Es decir, el grado por el cual nosotros creemos que tenemos la habilidad de cultivar nuestra inteligencia y desarrollar nuestras habilidades.

Carol Dweck, profesora de psicología de la Universidad de Stanford y experta en el tema, distingue dos tipos de mentalidades: la mentalidad fija y la mentalidad de crecimiento.

La mentalidad fija es la creencia de que la personalidad y la inteligencia vienen determinadas desde el inicio y no sufren normalmente cambios a lo largo de la vida. Por lo general, las personas que tienen una mentalidad fija sólo se enfrentan a tareas que saben, por adelantado, que van a poder realizar. Son competitivos y necesitan constantemente demostrar su habilidad ante los demás. Sólo les interesa saber si lo han hecho bien o mal. Cuando se les muestra información que les podría ayudar a aprender, no muestran interés alguno.

La mentalidad de crecimiento es la creencia de que la personalidad y la inteligencia van cambiando a lo largo de la vida, y que nuestro objetivo es mejorar. Las personas con una mentalidad en crecimiento piensan que es el esfuerzo el que les lleva al éxito, de modo que no sólo se enfrentan a tareas difíciles, sino que disfrutan con ellas. Piensan que la inteligencia puede aprenderse y mejorarse. Por este motivo, prestan atención a la información que les lleva a saber más. Una mentalidad de crecimiento ayuda, por lo tanto, a aprender.

Los niños que tienen una mentalidad fija:

– No creen en el esfuerzo

– Quieren parecer inteligentes

– Sólo les interesa aprobar o sacarse la materia/prueba de encima

– No tienen problema en copiarse con tal de aprobar

– No les gusta el desafío

– Se sienten inútiles frente al fracaso

– Cuando se sienten frustrados, por lo general, abandonan

– Se sienten amenazados frente a la crítica y la toman de manera personal (me están criticando a mí)

– Se sienten mejor cuando al otro no le va bien

– Evitan los desafíos por miedo a fracasar

Por el contrario, los niños que poseen una mentalidad de crecimiento:

– Creen en el valor del esfuerzo

– Su objetivo es aprender

– Disfrutan de los desafíos

– Ven al fracaso como una oportunidad para aprender

– Son emocionalmente resilientes

– Se inspiran frente al éxito del otro

– Disfrutan de la crítica constructiva (entienden que están criticando el trabajo, no a ellos)

– Les gusta probar cosas nuevas

– Ven a los problemas o los desafíos como oportunidades

Los cerebros de los niños con mentalidad de crecimiento se activan más, generan más conexiones y eventualmente se hacen más inteligentes. Lo que buscan es aprender.

Por el contrario, los estudios demuestran que los niños con una mentalidad fija huyen de las dificultades: se copian, no se esfuerzan. Lo que buscan es aprobar.

Todos tenemos una combinación de ambas mentalidades. Lo más interesante de esta teoría, es que se puede fortalecer la mentalidad de crecimiento.

Cuando el adulto comprende la diferencia entre la mentalidad fija y la de crecimiento, y enfoca sus esfuerzos en ayudar a sus hijos a desarrollar la mentalidad de crecimiento, le está brindando herramientas para la vida.

Desarrollar en los niños una mentalidad de crecimiento significa permitirles arriesgarse y fracasar. Aprender de los fracasos los ayuda a ser más resilientes. Debemos enseñarles a los chicos a fracasar ahora para que capitalicen los fracasos. Sino, serán adultos sin perseverancia, y no creerán en sus habilidades de esforzarse para tener éxito.

Como adultos, debemos comprender la importancia de dignificar, naturalizar y capitalizar los errores. Cuando lo hacemos, les estamos enseñando a los niños que a través de los errores y los fracasos podemos aprender, mejorar y ser cada vez más inteligentes. Debemos enseñarles a amar los desafíos y a sentirse cómodos con el esfuerzo.

Muchos niños piensan que no pueden, que no tienen lo que se necesita para triunfar. Tal vez no tienen el apoyo o aliento de sus padres. O tal vez fracasaron tantas veces que se culpan ellos mismos. Los chicos pueden aprender a convertir los desafíos en grandes lecciones, pero para eso deben aprender que cometer errores es parte del aprendizaje y que deben caerse para aprender a levantarse.

Cambiar su mentalidad es lo que hará que puedan volver a motivarse y a sentir que sí pueden. Entender que nuestro cerebro es como un músculo y que la inteligencia se puede desarrollar, es el primer paso para desarrollar una mentalidad de crecimiento.

Necesitamos aulas y casas en donde los niños y jóvenes comprendan que cometer errores es parte del proceso de aprendizaje y no un juicio sobre su inteligencia.

Algunas ideas:

– Enfaticemos el aprender, no el aprobar

– Naturalicemos y capitalicemos los errores

– Cuidá tu lenguaje (cuidado con el “no creo que puedas”)

– No generalices (no es que sos malo en matemática; este ejercicio no te salió)

– Alentalos a enfrentar los obstáculos y desafíos y a ver los desafíos como oportunidades

– Enseñales que el error es la base del aprendizaje

– Desalentá la envidia hacia los compañeros

– Reemplacemos la palabra “error” por “aprendizaje”

– Ayudémoslos a no buscar la aprobación todo el tiempo.

– Una palabra mágica: todavía (Niño: no me sale. Adulto: no te sale todavía)

Al aceptar y naturalizar los errores, capitalizándolos, el adulto comunica una lección invaluable sobre la vida: al no esperar la perfección la primera vez, acentuamos la noción de que podemos mejorar, aprender y ser cada vez más inteligentes. Al cambiar la mentalidad, mejora el rendimiento, lo que refuerza la motivación. El mejor regalo que le podemos dar a nuestros hijos es enseñarles a amar los desafíos, a que les de curiosidad los errores, a disfrutar del esfuerzo, y a seguir aprendiendo.